El manager, no el amigo

Como tantos otros en la cueva de los Tigres de Aragua, Martín Prado detestaba a Buddy Bailey. Visto desde su punto de vista, la situación podía entenderse. Era un muchacho que a pesar de tener experiencia en Grandes Ligas le costaba conseguir puesto en el lineup. Ni hablar de una posición fija a la defensiva. El tiempo pasó y Prado no sólo siguió jugando en las mayores con los Bravos de Atlanta, sino que empezó a hacerlo de forma casi regular. Entre 2009 y 2012 nunca jugó menos de 129 encuentros. Pero nunca en un solo sitio. En esos años defendió todas las posiciones del infield, además del jardín izquierdo. Incluso una vez apareció como patrullero derecho. Y además de eso, bateaba. En ese período de cuatro años su promedio fue de .294 con un buen promedio de embasado de .348. También daba extrabases. Esa versatilidad lo hacía invalorable. Ya en 2010, Prado era uno de los peloteros más respetados de los Bravos. Ese año lo encontré en Nueva York, durante una serie en la que Atlanta visitó a los Mets. Estábamos hablando de su desarrollo como pelotero cuando me contó de Bailey. “Al principio hablaba mal del mánager, tenía ese rencor hacia él”, dijo. “Pero después aprendí que él me enseñó a mí a madurar como pelotero y a tomar las responsabilidades del beisbol. Me ponía a jugar en todas partes, en primera, en segunda, en los jardines. Eso me ayudó mucho en Atlanta, porque ya sabía hacer el trabajo”. Recordé esa conversación cuando me enteré de la salida de Bailey esta  mañana. Tras 12 temporadas y seis campeonatos al frente del equipo, sólo uno menos que el líder de todos los tiempos, Regino Otero, el ciclo terminó en medio de una racha de siete derrotas consecutivas y unas circunstancias (¿renunció o lo botaron?) que aún no están claras. Del legado de Bailey con los Tigres se recordarán mil cosas. Su milimétrico manejo del pitcheo, sin miedo para quitarle la bola al abridor así le faltase un out para optar al triunfo, y la forma de usar a los relevistas, estarán a la cabeza. Otros hablarán de su forma conservadora de manejar la ofensiva. Era un hombre metódico, un obsesionado del trabajo, al que le gustaba dirigir las prácticas desde el primer día. Sus múltiples mal de rabias en cada Serie del Caribe porque no les permitían practicar antes de los juegos son legendarias. Ese era Buddy. Cuando todo el mundo pensaba en viajar a rumbear, a él lo atormentaba no poder trabajar como es debido. “Buddy Bailey es el manager más organizado que he visto”, le describió el colega Manuel Rodríguez, miembro del equipo de prensa y luego de la directiva de Tigres hasta que dio un paso al costado tras la temporada pasada. “En eso no tengo duda. Y es una de las claves de su éxito”. “Para Buddy Bailey no existen días libres en la temporada. Siempre hay algo o jugadores con los cuales trabajar. Y eso a veces no cae bien”. Pensé en Prado porque creo que ese relato suyo también marca otra clave. Bailey no le tenía miedo a jerarquía, a si yo vengo de Grandes Ligas o a que un pitcher se molestase porque no lo dejó ganar. Le gustaba explicar que si a un jugador no le gustaba que lo sentasen o lo sacasen, había otro, el que tomaría su lugar, que se iba a contentar. Nadie, en ningún caso, iba a jugar por favoritismos o por tener más charreteras. El manager era él. Punto. Su responsabilidad principal, antes que con los jugadores, era con el equipo. Tigres de Aragua era su empleador, no los peloteros, con quienes mantenía la comunicación estrictamente necesaria. Eso le trajo problemas más de una vez. Los supo sortear porque tuvo siempre el apoyo de la gerencia y los resultados. Nadie le podía cuestionar. Uno escucha siempre, sobre todo a quienes aspiran a ser managers, que la comunicación y la relación con los jugadores es fundamental. Tener las puertas abiertas, escuchar, ser su amigo. Una sarta de lugares comunes. Buddy Bailey demostró en todos estos años que más importante aún es no confundir esos conceptos con amiguismo y falta de autoridad. Especialmente en una pelota donde hay tanto jugador en formación, como hombres y como peloteros, y otro puñado que se creen los dueños del mundo. Sin menospreciar todo lo demás, para mi ese es su verdadero legado. Martín Prado le dio las gracias por ello. Muchos deberían seguir ese ejemplo.