Leímos una conversación de Ted Lilly con la periodista Andreína Salas, un diálogo que tenía un aire melancólico que daba realce a la entrevista. El ex grandeliga habló de su adiós al Magallanes y al beisbol activo.
Dicho por el gerente deportivo Luis Blasini, era noticia. Dicho por el zurdo, es una de esas tragedias cotidianas que sufre cualquier persona. Lilly vino para convencer a los scouts de que podía seguir. El cuerpo le dijo que no.
Apenas recorrió 3.1 innings con los Navegantes. ¿Le recordó a alguien el fracaso en la LVBP de aquel otro veterano, Hideo Nomo?
La historia del japonés fue tragicómica. Llegó en busca de una invitación a los entrenamientos de las grandes ligas, que conseguiría poco después, y se fue tras ser picado por cientos de hormigas en el estadio José Bernardo Pérez y dejar 6.59 de efectividad en siete presentaciones con los Leones.
El asiático tenía 1.972 entradas lanzadas en las mayores. Sólo los cubanos Camilo Pascual y Pedro Ramos habían debutado en nuestra liga con más episodios arriba que el nipón.
Nomo estaba de salida, pero era una apuesta interesante, tanto deportiva como promocionalmente hablando. Pero a veces las apuestas no funcionan.
Cuando el Caracas se trajo a Ramón Ortiz y Lara a Julián Tavárez, hace menos de un lustro, en plenos playoffs, las esperanzas eran grandes.
Los melenudos igual fueron campeones en aquel enero de 2010 en que Ortiz trabajó por única vez en Venezuela, dos presentaciones deslucidas en la final contra los turcos, que se saldaron en derrotas y apenas 5.1 actos.
El derecho había lanzado 1.359 innings y dos tercios en la gran carpa al ponerse los colores de los capitalinos y todavía tendría otras incursiones arriba, incluyendo una en 2013 con Toronto.
El bagaje de Tavárez era aún mayor. La tarde de enero de 2009 en la que fue masacrado con cinco carreras en dos tercios, todo lo que duró su apertura, terminó con las esperanzas de los crepusculares, aunque inscribió su nombre en los libros de récords de nuestra pelota al igualar la marca como el importado con más torneos en las mayores antes de jugar en nuestros estadios por vez primera.
El quisqueyano acumulaba 1.369 entradas y dos tercios al entrar al clubhouse de los pájaros rojos. Sumaba 16 temporadas en las grandes ligas, la misma cantidad del magallanero Willie Horton.
Ramos y Pascual fueron pitchers dominantes aquí. La gran diferencia entre ellos y la mayoría de los veteranos de guerra que han venido después a la LVBP para un último combate está en que los cubanos llegaron obligados por las circunstancias de su país, al eliminarse el beisbol profesional en la isla.
Pese a la experiencia obtenida, ambos antillanos con más de 2.000 tramos en la MLB, no vinieron en busca de un intento de alargar sus carreras.
Nomo, Lilly y otros que les acompañan en la lista, como el panameño Manny Sanguillén o Dmitri Young, sí estaban de salida, trataban de evitarlo y apenas se hicieron sentir acá.
Sanguillén había sido estrella en Pittsburgh, pero tenía 38 años de edad cuando bateó para .250 en 96 turnos con las Águilas, en la temporada 1982-1983. No regresaría a Venezuela ni a la gran carpa.
Young fue despedido por los Caribes hace dos años, al ligar para .167 en 20 encuentros. Allí terminaría su carrera como bateador.
Sólo Horton rompió el molde en las últimas tres décadas, aunque igual terminó mal su paso por la LVBP, pese a ganar la Serie del Caribe de 1979 y pese a estar bateando para .352 cuando Magallanes decidió despedirlo, un año después de ganarse el mote de “el Brujo”.
Su problema fue otro. Ratificado como manager-jugador, después de su inolvidable estreno, al Brujo se le acabó la magia.
Fue despedido con la nave encallada en el último lugar.
Foto cortesía el-nacional.com